En
los tiempos mágicos en donde los ruegos eran oídos, se encontraba un
hombre en una situación de penuria tan
grande, que lo único que le faltaba era tener que comer hierba para
sustentarse.
Pensando
y meditando en su situación se dijo, pero si el viejo Antonio Paredes se
encontró en este pueblo una “guaca”, yo también puedo hallar una. Solo necesito
una “ayudita” y le ofreció a las ‘benditas almas’ la tercera parte del
“entierro”; otra sería para los pobres; y la otra tercera parte para él.
Efectivamente,
la ayuda llegó y un atardecer que observaba un campo abandonado, vio que un
zarzal se iluminaba cómo si de la tierra emanaran luces. Y, al otro día madrugó
al campo llevando pico pala y regatón, y
comenzó a escavar hasta dar con una caja de madera que al primer golpe se
desbarató y mostro sus entrañas repletas de morrocotas de oro.
Dicho
y hecho, hizo tres montoncitos y así fue su repartición:
·
Primera
parte para mí y la echó en su ‘maletita’;
·
Segunda
parte para los pobres y la depositó en la misma ‘maletita’, ya que él era pobre;
·
Tercera
parte para las ánimas y fue a dar a la dicha ‘maletita’, porque él, también,
sería ánima. Fin
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