Hola,
un saludo. En esta décima sexta semana del T.O., tú y yo, que estamos
aprendiendo de Jesús, nos ‘topamos’ con la parábola del buen samaritano.
Bueno,
tú y yo sabemos que Jesús es la palabra de Dios encarnada, pero eso es casi un
‘secreto’ porque el doctor de la ley no lo sabe; y nos dice Lucas, Cfr. Lc 10,
25-37, que ese personaje queriendo ‘corchar’ a Jesús, ponerlo a prueba, le
pregunta: Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Y, mira
cómo es la pedagogía de Jesús, lo pone a responder a él mismo. Muy bien, le
dice Jesús. Pero ese docto hombre, para justificarse ante Jesús, le lanza una
segunda pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” y nos sale Jesús con esa parábola.
Y,
tú y yo que somos gentes de este tiempo, nos quedamos perplejos, ya que sí los
samaritanos y los judíos son cómo el agua y el aceite, las gentes fuera del
entorno en que nos movemos, las podríamos considerar por lo menos sospechosas:
¿Qué tal que nos toque compartir lo nuestro con ellos?, y nos afanaríamos, como
se ha afanado el Reino Unido, con del ‘Brexit’.
Pero,
Jesús nos invita a algo que está un poquito más allá: a no dar rodeos, a no
evadir al necesitado, a restañar las heridas con su vino y con su aceite, a
obrar con misericordia.
La
misericordia es la invitación que nos hace Jesús, a darnos cuenta que el otro,
también, tiene que ver con nosotros. Su necesidad clama y el Espíritu Santo que habita en el corazón
del necesitado gime, con gemidos inefables intercediendo por él, Cfr. Rm 8,
26-27; solamente lo podríamos escuchar, si consideramos, tú y yo, que en este
mundo somos las manos y los pies de Jesús que va en busca del necesitado. Te
invito a repasar esa lectura en ésta semana.
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