Con el perdón de ustedes no
es que me sienta muy valiente, pero para mí las cosas de papito son sagradas y
no consiento que las tomen manos extrañas.
Otro día y de mañana ,
estando muy tranquilo arriba en mi cuarto en parloteo con mi amigo, a quien, con
permiso de papito, invité a tomar unos bocaditos, oigo que suena el teléfono y
yo ‘paro oreja’ a ver si es papito que está llamando y preguntando por mí.
Ya, un poquito antes unos
hombres habían llamado desde la calle con insistencia, corro a la ventana y veo
que Rosario se ha acercado a atenderlos; y casi simultáneamente es cuando suena
el teléfono. Estoy emocionado con la llamada, pero en el altavoz que tiene instalado
papito en su ‘oficina’ solo escucho una voz interrumpida por interferencias; pero
no es la voz de papito, y Rosario contesta: “si doctor; cómo no doctor” y yo inmediatamente
me pongo ‘mosca’ y me pregunto: ¿qué está pasando allá abajo? Ya que, aquí en ésta
casa al único que, los empleados, le dicen doctor, es a papito.
Oigo que uno de los hombres
comienza a subir la escalera, se me sale el corazón del susto pero no grito, cierro
mi piquito y me ubico en el sitio más oscuro del pasillo, para eso yo conozco
la casa al dedillo. Y el hombre se dirige a la ‘oficina’, llama a su compañero y
los dos salen con el televisor. Los dejo que bajen con el aparato y me lanzo
como un bólido escaleras abajo. Para ese
instante, ya Rosario, ha caído en la
cuenta que la llamada es falsa y muerta del susto, sale al antejardín dejando
la puerta abierta. Aprovecho y pongo la vista en mi objetivo y arranco: el más
ágil sale corriendo y al otro que me le voy en picada, trata de esquivarme, moja
los pantalones, deja un charco en el suelo y gritando como un loco huye de
casa. Es que yo soy Cirilo García, un lorito, que no consiente que toquen las
cosas de papito. Fin.
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