Dos
grandes pilares dentro de nuestra Iglesia. Con características y formación
diferentes, pero, con algo bien en común: la testarudez y la tenacidad. Pedro:
pescador, preguntón, entrometido, queriendo ser el primero y hasta diciéndole a
Jesús lo que debía hacer. Pablo: fariseo, erudito y fanático y con la intención
de acabar con “esos” que seguían a Jesús.
Tú
y yo, sabemos cómo se transformaron bajo la acción del Espíritu Santo. Pedro,
junto con los otros que estaban escondidos, pierde el miedo y sale: al Templo,
a la sinagoga, a los paganos. Y sufre cárceles y persecución; y todo por llevar
el EVANGELIO, esa buena nueva que nos hace diferentes. Pablo, camino a Damasco
cae y el Señor lo levanta, lo pone a prueba y lo va guiando. No fue para nada
fácil; muchos discípulos lo señalaron y le temieron. Sufrió cárcel y
persecuciones y no desfalleció en su empeño; para propagar “el mensaje”, echó
mano de todos sus recursos, hasta de su ciudadanía romana, y lo llevó hasta los
confines de la tierra, Roma, el centro del poder imperial.
¡Qué
grandes hombres fueron! Gracias a la acción del Espíritu Santo y a su divina
providencia, tú y yo estamos leyendo ésta meditación. Más no debemos quedarnos
ahí, la Iglesia, madre y maestra, nos invita a ser pilares como los fueron san
Pedro y san Pablo. Por eso creo que tú y yo podríamos echar una hojeada a los
hechos de los apóstoles, asirnos a la base de esos dos pilares, para llevar la
palabra, con firmeza y cariño, a todo aquel que después de escucharlo, le hablemos
de la importancia de la Palabra de Dios y de ponerla en práctica.
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