EL
ESPANTAPAJAROS DEL MAÍZ
Juanillo
era hijo del Viento y nieto de la Tierra, se pasaba parte de su vida espantando
pájaros, pero esos no le hacían caso y mejor lo convidaban a jugar a las
adivinanzas o a entretener el tiempo contando sus historias milenarias.
Y
cómo Juanillo tenía una memoria bíblica, había sucesos que le gustaba contar ya
que le producían mucho agrado. Por ejemplo les narraba la historia del maíz y
el ritual misterioso de su siembra: su abuela la Tierra calentaba y daba vida,
con especial cuidado, a los grupos de tres granos; ¡Ah!, se decía, dando
gracias al sembrador por su cuidado, ahora tendrán para comer todos mis amados: los
espíritus y las aves peregrinas del cielo; los pequeños y los ancianos; el
sembrador y sus hijos.
Además
su padre el Viento, también, tenía predilección por los sembrados de maíz y
hacía caminar las nubes sobre las ‘sementeras’ y deshacerse en fresca lluvia
para que brotaran las semillas.
¡Maravilla!,
¡maravilla! Repetía Juanillo ya que en sus recuerdos los sembrados crecían
verdes y lozanos. ¡Uy!, decía, si su padre el Viento le hubiera prestado sus
alas, cómo habría gozado enredando el pelo de las mazorcas, ciñendo los tallos
de las cañas, columpiándose entre el maizal. Más su padre le decía: “tranquilo,
ya llegará tu día”. Y así pasó una siembra y otras y Juanillo seguía contando
historias. Y era que su padre el Viento no tenía ningún afán en prestarle sus
alas, porque siempre andaba ocupado: de día tenía que barrer las montañas,
cepillar los valles y refrescar los cañones y hondonadas; y por la noche
limpiar el mar que era una tarea triple de grande.
En
esas épocas, cuando se acercaba la cosecha era cuando tenía más amigos Juanillo.
Sí, más pájaros de día, más sombras plateadas en las noches. Las sombras eran
las primeras en llegar a los sembrados y contar sus historias; pero, en el
misterio, las confidencias de la noche no las podía repetir Juanillo en el día.
Ahora,
el plantador del maíz no conocía la ceremonia de la siembra y en cada agujero
sólo depositaba un grano. Del sembrador al plantador ¡la intención! había
cambiado; éste último sólo pensaba en hacer el trabajo con rapidez y cosechar
pronto. Alquilaba maquinaria de sembrar y ponía alarmas “de espantar pájaros”.
Nadie
dudaba de lo que ese plantador hacía, buscando su propio beneficio. El
espantapájaros Juanillo deseaba tener alas como su padre el Viento, y no
quedarse más en ese campo en donde no podían entrar pájaros y además tener que
pasar las noches sin la compañía de los espíritus viajeros.
Además,
sucedía, que su padre el Viento, de puntual y predecible con la lluvia, ahora
cambiaba su recorrido o pasaba con tanta prisa que no hacía bien su tarea.
Ya
juanillo no sabía qué hacer, y por tanto no hizo nada. Esperó tranquilo en
medio de la plantación. Y sucedió… que el calor no fue mitigado por la lluvia,
se retostó el campo, y, además, su tío
el Vendaval pasó con furia, arrasó la plantación y de paso desbarató a Juanillo:
primero voló su sombrero, luego su ropa fue arrancada. Juanillo se estremeció y
levantó libremente sus brazos; extendió sus manitas de paja y se agarró a la
cola de su tío el Vendaval y, en cielo de este cuento, estalló en mil pedazos
cual si fuera un fuego artificial.
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