Cuando yo vine al mundo, en la empinada población de Hatogrande, ese sitio ya era considerado cómo el segundo escalón entre las tres aldeas que ascienden por la cordillera central hacia el nordeste antioqueño; camino por el que trasegaban recuas de mulas al mando de caporales y arrieros de nacimiento y vocación.
Y a pesar de
ser un lugar de paso, en esta aldea estaba completamente enraizadas las
costumbres de un vivir sencillo y de una concepción cristiana, regida por las
enseñanzas del catecismo del Padre Astete.
La ladera en
que estaba enclavado Hatogrande, bajaba en descenso suave hasta tocar las aguas
del río Aburrá, y miraba al frente, a esa otra ladera de la cordillera central
con la cual se enmarcaba todo nuestro terruño. Tierras regadas por el sudor del
trabajo cotidiano y que respondían con generosidad, brindando con sus frutos el
sustento necesario; bendecida con lluvias que taladraban lentamente el rico
subsuelo e iban depositando en sus ríos y quebradas pequeñísimos tomines de
oro.
Así era esta
tierra nuestra, un paraíso recreado: se madrugaba a trabajar y la luz del sol
guiaba toda la faena: peones, arrieros y propietarios; artesanos y artífices
tenían en común la búsqueda del bienestar personal. Y al caer la tarde en el
entorno de este paraíso, también, se recreaban leyendas de una riqueza sin
igual: refulgía el oro con los cuentos de aparecidos, guacas y otros; en las
cañadas la llorona y sus lamentos; los gritos fantasmales de arrieros, la
sombra de una mano peluda sobre el rostro y el diablo y sus múltiples disfraces
de alegría, belleza y apetencia. Pero, y estrechando en nuestras manos las
cuentas del rosario, se volvía a recobrar la calma antes de entregarnos al
sueño reparador.
Siendo nuestro
entorno un conglomerado compuesto por gentes blancas,
mestizas, mulatas y negras, existía gran
tendencia al jolgorio, la música, el baile y el anisado. En general, se
aprovechaba el domingo, que era día de mercado y misa, para llevar a cabo estas
celebraciones. El señor cura amonestaba desde el púlpito, pero el licor
desbordaba los comportamientos y algunos bailes terminaban con riñas y heridos.
Y ese era el
entorno al que llegó, cómo cura en propiedad, el padre Simón de Jesús Urrea
Zuluaga. Había nacido el padre Urrea en el municipio del Peñol, a dos jornadas
a pie de Medellín y tres de Hatogrande. Llegó con todo el ímpetu de la
juventud, la cabeza rebosante de ideales y un corazón engrandecido por la
bondad al otro y amor por el resucitado y glorificado.
Mientras yo
crecía, el padre Urrea se iba estableciendo en nuestro pueblo como un
abanderado de un gran ideal: construir un templo parroquial nuevo para
entronizar en él la venerada imagen de “El Señor Caído”. Nosotros éramos un
pueblo muy sencillo, no entraban en nuestras ambiciones la construcción de una
nueva parroquia; pero el padre Urrea supo preguntar y preguntando y volviendo a
preguntar supo que tenía qué hacer y
cómo lograrlo.
Ya para ese
entonces se había vuelto a iniciar, en Antioquia la
construcción de la Iglesia de la Inmaculada Concepción de María, en el paraje
de Villanueva; Esa obra, que por las guerras y
otros tropiezos había sido suspendida ya dos veces, de nuevo resurgía; Monseñor
Herrera Restrepo desde que tomó posesión de su sede episcopal, se empeñó en la
tarea de culminar ese templo. Los materiales todos los conocíamos: barro. Y ese
barro trasformado en adobes cocidos y pegados con argamasa: cal y arena.
Todo al
alcance de la mano mientras se contara con la generosidad de los feligreses. Y
como lo hizo en Antioquia Monseñor Herrera Restrepo, él también podría contar
con el recurso de las “mandas” y donativos. Faltaban los planos, pero, el padre
Urrea, que era un preguntón de miedo, se había enterado que al servicio de la
obra de la Inmaculada, se encontraba un arquitecto francés y que era él quien
había elaborado los nuevos planos y que estaba formando e instruyendo maestros
para dirigir la obra.
Contó el
entusiasmo del padre Urrea, no sólo con la aprobación del obispo sino que,
además, Monseñor Herrera le pidió a su arquitecto elaborar los planos
y prestar algunos maestros para que se hicieran cargo de la construcción del
nuevo templo de Hatogrande.
Y contando el
padre Urrea con la generosidad de las principales familias consiguió: primero
el terreno; donación de los señores Pedro y Clemente Londoño. En segundo lugar
se hizo a un tejar que era fundamental para fabricar en él los adobes cocidos y
las tejas; y el señor Raimundo Londoño le donó todo el barro necesario; y la
cal para la argamasa provendría de la vereda Juan Cojo; la madera
de la sierra y el agua de las quebradas.
Como un pueblo
sencillo que éramos, acostumbrados a vivir modestamente, sin grandes
acumulaciones de dinero, el padre Urrea sólo nos solicitó barrer cuidadosamente
la casa y buscar en ella aquellas pepitas de oro, guardados
en cualquier parte, y casi olvidadas y, contribuir con ellas en la construcción
del templo.
Así fue, cómo,
con los dineros de esa feligresía de pies descalzos, pantalón remangado,
sombrero aguadeño y carriel, o falda de zaraza y mantilla logró el padre Urrea,
llevar a feliz término la construcción de la Iglesia
de Nuestra Señora del Rosario.
Y lo pudo
lograr porque el padre Urrea, no sólo era un hombre de gran fe y corazón
bondadoso: sino que mientras en el púlpito sus sermones tenían como fin
amonestar sus feligreses para que no se desviaran del buen camino; en
el confesionario era misericordia y comprensión, de acuerdo al corazón del
crucificado.
Esta es la
apreciación que siempre tuve del padre Urrea; considerándome siempre un
privilegiado, por los sucesos extraordinarios que me acontecieron desde niño;
en el secreto de la confesión, todo se lo conté; y cuando lo necesité, obtuve
el apoyo necesario para poder seguir el derrotero de mi vida.
El templo levantado en mi pueblo, comparado
con la monumental iglesia de Villanueva, es modesto pero, la perfección de sus
arcadas, la robustez de sus columnas, la amplitud de sus naves guarda
proporción con el área destinada para erigirla; el padre Urrea y monseñor
Herrera supieron escoger, siguiendo los lineamientos del estilo neorrománico,
lo que consideraron más apropiado. El arquitecto Charles Émile Carré elaboró
los planos y los maestros, formados por él, Heliodoro Ochoa Escobar y Eladio Gómez,
se hicieron cargo de dirigir la obra. Ese pueblo mío, Hatogrande, por ordenanza
de 1914 pasó a llamarse Girardota y su Iglesia y la imagen del Señor
Caído, siguen siendo emblemáticos para todos los Antioqueños.
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