viernes, 1 de julio de 2016

EL PADRE URREA Y GIRARDOTA


Cuando yo vine al mundo, en la empinada población de Hatogrande, ese sitio ya era considerado cómo el segundo escalón entre las tres aldeas que ascienden por la cordillera central hacia el nordeste antioqueño; camino por el que trasegaban recuas de mulas al mando de caporales y arrieros de nacimiento y vocación.

Y a pesar de ser un lugar de paso, en esta aldea estaba completamente enraizadas las costumbres de un vivir sencillo y de una concepción cristiana, regida por las enseñanzas del catecismo del Padre Astete.

La ladera en que estaba enclavado Hatogrande, bajaba en descenso suave hasta tocar las aguas del río Aburrá, y miraba al frente, a esa otra ladera de la cordillera central con la cual se enmarcaba todo nuestro terruño. Tierras regadas por el sudor del trabajo cotidiano y que respondían con generosidad, brindando con sus frutos el sustento necesario; bendecida con lluvias que taladraban lentamente el rico subsuelo e iban depositando en sus ríos y quebradas pequeñísimos tomines de oro.

Así era esta tierra nuestra, un paraíso recreado: se madrugaba a trabajar y la luz del sol guiaba toda la faena: peones, arrieros y propietarios; artesanos y artífices tenían en común la búsqueda del bienestar personal. Y al caer la tarde en el entorno de este paraíso, también, se recreaban leyendas de una riqueza sin igual: refulgía el oro con los cuentos de aparecidos, guacas y otros; en las cañadas la llorona y sus lamentos; los gritos fantasmales de arrieros, la sombra de una mano peluda sobre el rostro y el diablo y sus múltiples disfraces de alegría, belleza y apetencia. Pero, y estrechando en nuestras manos las cuentas del rosario, se volvía a recobrar la calma antes de entregarnos al sueño reparador.

Siendo nuestro entorno un conglomerado compuesto por gentes  blancas, mestizas,  mulatas y negras, existía gran tendencia al jolgorio, la música, el baile y el anisado. En general, se aprovechaba el domingo, que era día de mercado y misa, para llevar a cabo estas celebraciones. El señor cura amonestaba desde el púlpito, pero el licor desbordaba los comportamientos y algunos bailes terminaban con riñas y heridos.

Y ese era el entorno al que llegó, cómo cura en propiedad, el padre Simón de Jesús Urrea Zuluaga. Había nacido el padre Urrea en el municipio del Peñol, a dos jornadas a pie de Medellín y tres de Hatogrande. Llegó con todo el ímpetu de la juventud, la cabeza rebosante de ideales y un corazón engrandecido por la bondad al otro y amor por el resucitado y glorificado.

Mientras yo crecía, el padre Urrea se iba estableciendo en nuestro pueblo como un abanderado de un gran ideal: construir un templo parroquial nuevo para entronizar en él la venerada imagen de “El Señor Caído”. Nosotros éramos un pueblo muy sencillo, no entraban en nuestras ambiciones la construcción de una nueva parroquia; pero el padre Urrea supo preguntar y preguntando y volviendo a preguntar supo que tenía  qué hacer y cómo lograrlo.

Ya para ese entonces se había vuelto a iniciar, en Antioquia  la construcción de la Iglesia de la Inmaculada Concepción de María, en el paraje de Villanueva; Esa obra, que por las guerras y otros tropiezos había sido suspendida ya dos veces, de nuevo resurgía; Monseñor Herrera Restrepo desde que tomó posesión de su sede episcopal, se empeñó en la tarea de culminar ese templo. Los materiales todos los conocíamos: barro. Y ese barro trasformado en adobes cocidos y pegados con argamasa: cal y arena.

Todo al alcance de la mano mientras se contara con la generosidad de los feligreses. Y como lo hizo en Antioquia Monseñor Herrera Restrepo, él también podría contar con el recurso de las “mandas” y donativos. Faltaban los planos, pero, el padre Urrea, que era un preguntón de miedo, se había enterado que al servicio de la obra de la Inmaculada, se encontraba un arquitecto francés y que era él quien había elaborado los nuevos planos y que estaba formando e instruyendo maestros para dirigir la obra.

Contó el entusiasmo del padre Urrea, no sólo con la aprobación del obispo sino que, además, Monseñor Herrera le pidió a su arquitecto elaborar los  planos y prestar algunos maestros para que se hicieran cargo de la construcción del nuevo templo de Hatogrande.  

Y contando el padre Urrea con la generosidad de las principales familias consiguió: primero el terreno; donación de los señores Pedro y Clemente Londoño. En segundo lugar se hizo a un tejar que era fundamental para fabricar en él los adobes cocidos y las tejas; y el señor Raimundo Londoño le donó todo el barro necesario; y la cal para la argamasa provendría de la vereda Juan Cojo; la  madera de la sierra y el agua de las quebradas.

Como un pueblo sencillo que éramos, acostumbrados a vivir modestamente, sin grandes acumulaciones de dinero, el padre Urrea sólo nos solicitó barrer cuidadosamente la casa y buscar en ella aquellas pepitas de oro,  guardados en cualquier parte, y casi olvidadas y, contribuir con ellas en la construcción del templo.

Así fue, cómo, con los dineros de esa feligresía de pies descalzos, pantalón remangado, sombrero aguadeño y carriel, o falda de zaraza y mantilla logró el padre Urrea, llevar a feliz término la construcción de la  Iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

Y lo pudo lograr porque el padre Urrea, no sólo era un hombre de gran fe y corazón bondadoso: sino que mientras en el púlpito sus sermones tenían como fin amonestar sus feligreses para que no se desviaran del buen camino;  en el confesionario era misericordia y comprensión, de acuerdo al corazón del crucificado.

Esta es la apreciación que siempre tuve del padre Urrea; considerándome siempre un privilegiado, por los sucesos extraordinarios que me acontecieron desde niño; en el secreto de la confesión, todo se lo conté; y cuando lo necesité, obtuve el apoyo necesario para poder seguir el derrotero de mi vida. 

El templo levantado en mi pueblo, comparado con la monumental iglesia de Villanueva, es modesto pero, la perfección de sus arcadas, la robustez de sus columnas, la amplitud de sus naves guarda proporción con el área destinada para erigirla; el padre Urrea y monseñor Herrera supieron escoger, siguiendo los lineamientos del estilo neorrománico, lo que consideraron más apropiado. El arquitecto Charles Émile Carré elaboró los planos y los maestros, formados por él, Heliodoro Ochoa Escobar y Eladio Gómez, se hicieron cargo de dirigir la obra. Ese pueblo mío, Hatogrande, por ordenanza de 1914 pasó a llamarse Girardota y su Iglesia y la imagen del  Señor Caído, siguen siendo emblemáticos para todos los Antioqueños.



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