sábado, 16 de julio de 2016

LA PÁGINA EN BLANCO DEL PERDÓN



Retomando unos de los últimos párrafos de nuestra exposición anterior, la obra de misericordia ‘vestir al desnudo’ volvamos a citar Ap 2, 17 “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le dará de comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca y en la piedrecita un nombre nuevo escrito, el cual nadie conoce sino el que lo recibe”. Y creo que, Tú y yo, para poder alcanzar esa vida nueva, es necesario que con el otro, ejercitemos la obra de misericordia del perdón.

Y como el Señor quiere que tú y yo alcancemos esa vida eterna, nos dejó una normas de comportamiento, que hacen exclamar al salmista: S 119,  97 “¡Cuan amable me es tu ley!, ¡oh Señor! Todo el día es materia de mi meditación”. La ley a que se refiere el salmista son los decretos dados por Dios a Moisés en el monte Sinaí, que tú y yo conocemos como los diez mandamientos; y que Dios proclama como pura misericordia, (Ex 34, 6s) “pasó por delante de él y exclamó: «El Señor, el Señor, un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, 7. Que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación. 8. Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró”. Estos últimos versículos, a pesar de ser Palabra de Dios, tenían otra finalidad y no precisamente el “castigo”, para la descendencia, y como tú y yo queremos acercarnos a su comprensión, hay que recordar que en el propio Sinaí, mientras Moisés estaba arriba en la montaña, hablando con Dios, el pueblo que él había sacado de Egipto se dedicaba a la apostasía. Ex 32, 1: “Viendo el pueblo que Moisés tardaba de bajar de la montaña, se reunió ante Aarón y le hizo esta petición: -¡Anímate!, fabricamos un Dios que nos guie, porque no sabemos que habrá sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto”.

Y para que tú y yo tengamos bien presente la misericordia de Dios, podemos ponerle atención y meditar los siguientes versículos: (Sal 86, 5) “Pues tú eres, Señor, bueno, indulgente, rico en amor para todos los que te invocan;(Sal 103,3) El, que todas tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias”.

En esta primera parte tú y yo podemos apreciar, que la Iglesia, madre y maestra, hace énfasis en el perdón de Dios hacia nosotros, antes de que pasemos a la obra de misericordia con el otro, con ese que es nuestro prójimo.

El contexto nos muestra que el pueblo de Israel, ya en la ‘tierra prometida’, estaba rodeado de pueblos paganos; que, además, de rendirle culto al dios de la lluvia, el fuego y la fertilidad, “Baal”, aplicaban la ley de talión o sea el revanchismo que, tú y yo, hemos visto no conduce a nada bueno. Algo que, también, aparece en las normas siguientes a los Decretos de Dios en el Sinaí: las multas por un mal comportamiento o el castigo hasta con la muerte (Ex 21,18-25) y expresamente, Ex 21, 24 con su: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”.

Y creo que teniendo presente lo anterior, tú y yo, podemos apreciar lo que dice Pablo a los Gálatas ya que ese concepto cambia: Gl 4,4-5 “Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios”.

Con Jesús llega, el conocimiento de la misericordia de Dios; el otro, aunque se comporte como enemigo,  es hijo de Dios, como tú y yo también lo somos. En Mateo 5,44 Jesús dice: “Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”. Y, en la sublime oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseña a pedir ser perdonados y a perdonar al otro: Mateo 6,12 y Lucas 11,4 :(Mt 6,12) “y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”;(Lc 11,4) “y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”.

De nuevo la Iglesia nos remite, a profundizar un poco más sobre las obras de misericordia; el Papa Francisco en la Bula que convoca al jubileo de la misericordia, “MISERICORDIAE VULTUS” hace un llamado para que tú y yo meditemos sobre ellas y las pongamos en práctica. Claro que primero, invocando la presencia del Espíritu Santo; del Santo Espíritu  que inspiró a los autores sagrados, a los apóstoles, a los padres de la Iglesia; para que nos ilumine, llene nuestro entendimiento y nuestro corazón.

La parábola del ‘padre misericordioso’, o también llamada la ‘parábola del hijo prodigo’, nos trae como es Dios para perdonar: “es cómo un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes”, (MV 17). Y tú y yo, que estamos aprendiendo, solo nos restará decir:

 Espíritu Santo,
Dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.

                                          










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