El Consejo Pontificio pone como ejemplo de esta obra de misericordia a San Martín de Tours. Él encontrando un pobre en su camino, se despoja de la mitad de su capa y la entrega al necesitado y lo hace “ahora”, en este momento. Así, es como nos invita Jesús a practicar la misericordia, ser concretos, no dejar para después.
Ya
que, cuando no podamos hacer nada por el otro ni por nosotros mismos, el Señor
nos cuestionará. ¿Vimos o no, la imagen del Señor en el necesitado? Cfr. Mt 25,
36 “estaba desnudo y me vestisteis”
En
primer lugar consideramos que es lo que quiere Jesús con nosotros: todos
sabemos que Jesús es un maestro; que su pedagogía es divina; y que su misión es la de conducirnos, poco a poco.
Para
ello sólo nos pide que seamos sencillos, que nos dejemos guiar. Y ya que es imposible ejercer una obra de
misericordia sin interactuar con otro, Jesús nos aclara que el que está desnudo
y sufre frio, en otras palabras el que está desamparado, es nuestro Prójimo
Cfr. Lc 10, 25-37.
Y
la Iglesia, que es madre y maestra, también viene en nuestro auxilio. Nos lleva
de su mano hacia el Antiguo Testamento y nos introduce en él. En el bello
relato mítico del Génesis podemos apreciar que trasgredir, querer ser cómo dioses, nos carga
de pecado y viene inmediatamente la consecuencia: sentirnos desnudos. Génesis
3, 7 “Entonces fueron abiertos los
ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos”; Y para el ser
humano sentirse o estar desnudo es una humillación. En el A.T. apreciamos que
la desnudez la sufren los esclavos; los hermanos de José, Cfr. Gn 3, 7, actuando
con envidia, no sienten escrúpulo en despojar a su propia sangre (su hermano)
de sus ropas y luego venderlo como esclavo. Pero también, la esclavitud y la
desnudez pueden formar parte de un pueblo vencido.
Aquí
hay que recordar que Israel es el pueblo escogido por Dios; por tanto, el Señor
nunca lo abandona a pesar de sus pecados. Y, que la misión de los profetas es
precisamente advertir al pueblo; recordarles que Dios nos llama, continuamente,
a la conversión.
Isaías
es un obediente de Señor; cómo profeta sabe escuchar y hacer lo que Él le
manda, lo que le encomienda. Nuestra madre y maestra, la Iglesia, de nuevo nos
remite al A.T. ya que, ella, también, quiere que vayamos comprendiendo porque,
en todos los tiempos, el vestido forma parte de la dignidad humana. Y en ese
contexto, Dios le pide al profeta que se descalce y se aligere de ropas, antes
de irles a advertir a los Israelitas que
les espera por transgredir los mandatos del Señor. Es cómo un cojan experiencia
“por cabeza ajena”. Is 20,4 “Así también el rey de los asirios se llevará cautivos a
los de Egipto, y trasportará a los deportados de Etiopía, jóvenes y ancianos, desnudos y descalzos, y
descubiertas las nalgas, para vergüenza de Egipto”. Pueblos vencidos en la guerra y humillados de
la peor forma: caminar desnudos y descalzos bajo el sol.
Pasando
al Nuevo Testamento,
N.T., Hechos de los Apóstoles, encontrándose Pedro en la cárcel, el ángel que
lo rescata le ordena vestirse: Hechos 12, 8 Le dijo el ángel: Cíñete, y átate
las sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Envuélvete en tu manto, y sígueme.
Realmente,
nuestra madre y maestra, nos va conduciendo para que apreciemos lo que la
Gracia Divina hace; como actúa el Espíritu Santo. Cuando la Iglesia ora Dios
viene en nuestra ayuda. Pedro sale de la prisión vestido: “toda la Iglesia
oraba incesantemente”.
Ahora veamos
lo que hace Jesús con el endemoniado “geraseno”. A este pasaje nos remite la
Iglesia. Cfr. Mc 5,
1-20, Jesús expulsa de él la legión de demonios que lo tenían poseído; el
hombre recobra su juicio. Cuando la noticia llega a sus coterráneos, vienen a
verlo y lo encuentran con Jesús (Mc 5,15) “ven
al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión,
sentado, vestido y en su juicio cabal” O sea,
que para estas alturas se considera que ir desnudo es cosa de locos. Jesús sana
integralmente, se compadece, actúa con misericordia. Es así como nos lo
presenta Marcos; el hombre ya no carece de nada, ni siquiera de ropa.
Pero, para reforzar esta idea del vestido nos
remite, la Iglesia, a la novela ejemplar de Tobías: Tb 4, 16 Comparte tu pan con el hambriento y tu ropa con el
harapiento. Si te sobra algo, dalo de limosna. Ya no es
solamente dar si no un compartir, y creo que es esa una mejor idea de la
misericordia: “compartir”, podríamos entenderlo cómo desprendernos de lo que
nos gusta, sentirnos dichosos de que el otro este abrigado, de que se sienta
feliz con esa ropa y no por lo contrario, que en su necesidad, se sienta
humillado: un traje de desecho, un traje para el reciclaje.
Y para terminar, con esta
obra de misericordia, nuestra madre la Iglesia, nos lleva un poquito más allá:
a buscar continuamente como purificar nuestro modo de ser. Ec-Qo 9, 8 En todo tiempo sean
blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Y creo que se refiere a nuestro vestido
espiritual. Y de una forma más poética el Sirácida,
libro de la sabiduría para pueblo judío,
escrito unos doscientos años antes de Jesús, nos dice lo siguiente sobre la
perfección del espíritu. Si 43, 18 .Los copos de
nieve descienden como pájaros; se posa como la langosta. Su blancura inmaculada
maravilla a nuestros ojos, el pensamiento queda en suspenso al verla caer. Bello poema escrito por
un sabio, por alguien que no deja perder el rumbo de su vida.
En el libro del Apocalipsis, el alma ya purificada y
después de trascender a la vida eterna, recibe una cosolación que sólo Dios la
puede dar. Ap 2,17 “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las
iglesias. Al vencedor le daré de comer del maná escondido, y le daré una
piedrecita blanca y en la piedrecita un nombre nuevo escrito, el cual nadie
conoce sino el que lo recibe”.
VESTIR AL DESNUDO, AL OTRO;
AL QUE ES MI PRÓJIMO, es la invitación de Jesús a través de nuestra Madre, la
Iglesia.
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