¡Sacramento del Altar, mi amito!, ¡Sacramento del Altar, mi amito! ¿Cirilo, qué te está pasando?, me preguntó Papito y yo seguí gritando: ¡Sacramento del Altar, mi amito! y comencé mi relato: Es que lo que hace que "Chan-dó" no deja dormir, me dediqué a la lectura. Qué bien Cirilo, qué bien..., me contestó, Papito, y me miró cómo invitándome a continuar.
¡Qué reminicencias!, ¡quién lo creyera! En los archivos de papá encontré apuntes interesantes sobre Girardota, el pueblo donde él nació y he estado leyendo, hilando y deduciendo.
Mmmm, vamos por partes, Cirilo: en eso de los ancestros ya me doy cuenta que todos somos de tu familia. Pero continúa, que es lo que has deducido.
Papito, es que me ha llamado poderosamente la atención dos hechos políticos importantes: la guerra y la libertad.
¿Cómo así?, Cirilo. Mira, Papito. Es que en definitiva la guerra cambio el comportamiento de las mujeres. Sí, ¿y por que dices eso? Escucha, Papito, el panorama era más o menos el siguiente: los coroneles (sus maridos) en esas guerras interminables del siglo XIX, en donde no habían acabado una, cuando ya estaban recogiendo peones para iniciar otra; a las mujeres les tocó refugiarse en un "Tapetusa", glorioso, que las sacaba de los pesares de este mundo y no les permitía cumplir con sus deberes de esposas ni con los compromisos con los santos.; pero, para esos menesteres tenían a las negras, las esclavas nacidas en casa y que eran bautizadas con nombres de varones, pero en femenino, y con el patronímico de la familia; de manera, que poco a poco se fue volviendo costumbre que las señoras enseñaran a leer, y con muy buena entonación, a las negras; pero eso sí, las treinta novenas a los santos había que despacharlas en la tarde y ellas se acostumbraron a decir: amén, amén, en medio de su "jala".
Para lo "otro", las mandaban a dormir con los coroneles, ya que ellas estaban "indispuestas" y el coronel "apurado": muy juiciosas, arregladitas y "preparadas", aunque algunas veces la "preparación" fallaba y empezaba a crecer la barriguita de las negras. A los nueve meses les nacía un mulatico trigueño, de facciones negras y ojos de un azul límpido como el de los coroneles. Pero, ¿de cuál de ellos era hijo? Ni la madre lo sabía, ya que a las negras las rotaban por las habitaciones de todos los coroneles.
Papito, ¿te dormiste? No. Continúa, Cirilo.
En cuanto a La libertad; el país se hallaba polarizado entre "Dios, patria y familia", y, "legalité, liberté et fraternité" ; así que muchos los negros y mulatos abrazaron el segundo, así pertenecieran al primero; y lo más simpatico de todo, era que en el largo y accidentado viaje, desde el puerto hasta las abruptas montañas de Antioquia, la mula que casi siempre se "despeñaba" era la que traía libros procedentes de la République Francaise. Así que con negras que sabía leer español e interesadas en leer francés a punto de diccionario y mulatos hijos de coroneles, las ideas de la République las fueron acogiendo los más interesados y como la sangre "tira", ir a la guerra fue mucho más atractivo que al socavón de la mina; el negocio se vino a pique y los patrones decidieron dar libertad y librarse de una vez de "tantos holgazanes".
Pero, Papito, creo que en eso estuvo el "quid" del asunto: las mujeres y los viejos no se quisieron ir, o mejor dicho es como si en el "acuerdo" que se propuso para que "Chan-dó" viviese en esta casa, no se hubiera considerado todo lo que él necesita para su bienestar. En ese caso no se tuvo en cuenta de qué iban a vivir los negros. Y cincuenta años después del decreto, los negros que continuaban sirviendo en las casas, en donde nacieron sus padres, al encontrarse con sus patrones les decían: "Sacramento del Altar, mi amito".
Cirilo, ¿estás seguro de lo último? Sí, Papito. Fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario